
Están los puros (los habanos), manufacturados con hojas de tabaco; existen los puritos de queso, unos panecillos muy consumidos en el sotavento veracruzano, pero de los cuales jamás se ocupó Weber; también tenemos a los puritanos, prosélitos del ala radical del protestantismo, influida por el reformista Calvino… éstos son los que aquí atañen. No pretendo, pues ni siquiera es necesario, iniciar una perorata tediosamente larga, ni tratado ni diatriba, al respecto de sus costumbres y conceptos. Basta con anotar un puñado de cuestiones esenciales (allanadas) para comprender su intervención en el desarrollo del capitalismo. Digamos, entonces, que estos fulanos, tantísimos en sociedades anglicanas, conciben a Dios no sólo con una letrita mayúscula sino con un domino entero, eterno, enorme, en el devenir humano. Dios, soberano temible, lo rige todo pero también exige. Luego, cada cachito de nuestros quehaceres deben realizarse en reverencia Suya. El trabajo es el non plus ultra de aquel servilismo. Rechazando todo placer y despreciando la comodidad producida por la riqueza o la ignorancia, el sudor por el esfuerzo demuestra la conducta aprobada y apremiada: satisfaciente a Su ley. Quién mucho labora recibe hartas ganancias… ¿dónde acomodarlas?, en ningún sitio porque sería, el despilfarrar, atarse al hedonismo condenador; ¿entonces qué se hace con ellas?, se guardan. Bien sabemos que el capitalismo, privilegiando la propiedad, ajusta de lujo con lo privado de nuestros cuates los puritanos. El capitalismo consiste, visto simplistamente, en acumular… ya está: los puritanos son, desde su religiosidad, capitalistas estupendos.
1 comentario:
Muy bien, irónico pero también al punto y esa entrada con los puros, puritos y puritanos muy buena.
Revisado - Segundo ciclo 1 - 08/03/2010
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