No hay mayor fe, en nuestros días deslavados, que los de un hincha futbolero. Aunado a esto, la experiencia francamente transverberativa acentuada en nuestro país. “Dios es redondo” ya nos dijo Villoro. Sus santos sudados, los deportistas (los de porteros) que suscriben la victoria o el fenecer colectivo. Allí las masas anónimas, los muchos ningunos, desafinan con letanías efusivas, oran y beben la sangre amarillosa (espumosa) del la cebada, el lúpulo, la levadura: nuestra tierra soleada. El maná viene, cuando el circular todopoderoso, al escuchar sus plegarias, como siempre, navegado por las vírgenes y los beatos, anota un tanto dentro de los postes y el larguero del contrincante-Satán: la otredad, que en cualquier religión se presenta como la amenaza de toda ideología (¿salvación?) competente (desde luego, inferior). Iglesia y ritual… lo tiene en mansalva.

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Revisado - Primer Ciclo 2 - 5/02/2010
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