11/4/10

UNDÉCIMA SEMANA

Santiago Bueno P.

165205-5

Marzo 2010

Ensayo:

“La Sociedad de los Individuos”, Cap. 1

Norbert Elias

Suele ser arduo definir lo propio: argumentar sobre algo ajeno tiene la peculiar comodidad de no inmiscuirnos, al menos en una hondura emocional, tan tremendamente como cuando la intención se refiere a la rutina, lo terroso, lo asumido como evidente. Sin embargo, claro está, es en estas proezas de interpretación, cuando se demanda un distanciamiento capaz de prever incluso las aristas más obviadas o milimétricas, donde se ubica una verdadera y crucial reflexión sobre uno mismo. Diatribas contra la tiranía del otro, apologías a la cotidianidad revisada por obligación superflua, testimonios de lo ausente repetido, todos los ensayos halagadores que satisfacen ficciones sin escavar más profundo… su valor es deleznable. Funcionan como cristales de humo, espectaculares, pero sirven al propósito del discurso oficial. La gallardía genuina está en no conformarse con explicaciones sencillas sino animarse, dispuesto al error, en la especulación novedosa. Especulación necesaria y sin condescendencias, basadas en una metodología, en una observación, desde un ángulo distinto e impersonal. No contagiarse con tradicionalismos o ideologías de cajón, en todo caso emplearlas en propuestas audaces, bien logradas por un autor independiente y capaz de alejarse de sensiblerías para abordar temas oportunos y constantes que cualquiera cree conocer sin inquirir siquiera. Esto lo consigue el sociólogo alemán, Norbert Elías, en 1939, con el primer ensayo de su libro “La Sociedad de los Individuos”.

El título del libro es un acierto mayor: ¿no todas las sociedades se componen de individuos?, ¿no todos los individuos son, en esencia, sociales? La respuesta, que en primera instancia resulta pueril, arrastra a una fiera meditación sobre esta predisposición a contestar, en automático, un ‘sí’. Pues la simpleza en planteamiento encierra una historia de posturas muy enemistadas: quienes otorgan a los individuos el valor primordial y dejan a la sociedad casi como un accidente eventual pero secundaria; por el otro lado, quienes, a favor de la sociedad, de antemano reducen al hombre a una cifra dentro de la combinación sin número impuesta por potestades superiores a las humanas o voluntades subjetivas bregando hacia una determinada dirección. Pero no hay intervención divina ni deliberación, tampoco atomizadas criaturitas que desde sus cuevas interaccionan, acaso casuales, con exteriores diversidades. No hay esto, en primer lugar, porque no existe inmovilidad en el objeto de estudio: impensable es que permanezca quieto siglos como para un daguerrotipo. Elias utiliza de ejemplo la composición musical donde la melodía no se entiende sin las notas pero tampoco exclusivamente por ellas; más bien, lo que consigue esta melodía son los intervalos entre las mismas. Transportado al nivel social, se dirá que a través de individuos aislados es improbable conocer la sociedad, mas la sociedad no prescinde de sus ejecutantes. ¿Dónde queda entonces?, en su relacionamiento: en la interdependencia práctica de unos con otros, como la formación de acordes sonoros (do, mi, sol); en aquel instante donde las notas se atan entre sí y cantan la armonía.

“Estas cadenas no son tan visibles y palpables como las cadenas de hierro; son más elásticas, variables y alterables, pero no son menos reales y, con toda certeza, tampoco menos firmes. Y es este contexto de funciones que las personas tienen las unas para las otras los que llamamos ‘sociedad’” (Elias, 1939: 31)

La proposición del sociólogo alemán parece reconciliar un poco a Weber, Marx, Simmel y otros pensadores de la talla de Freud. Porque la sociedad es un proceso, un impulso, una conversación, una delimitación, una idea… La sociedad muda y se muda en cada individuo que dialoga con la otredad para recrearla. Me perecería importante apuntar, antes de cerrar esta segunda cuartilla, una cita, honorable, con la que Elias termina su gran ensayo. Antes sólo precisar que su profundidad es cósmica, porque ¿cuántas otras maravillas y atrocidades, en tantos perfiles y horizontes, no han nacido así?

“Nacido de planes, pero no planeado. Movido por fines, pero sin un fin” (Elias, 1939: 41)

DÉCIMA SEMANA

Todo conocimiento es fiable pero falible, por tanto criticable. Lo que solidifica a los argumentos es la racionalidad positiva, los decora con gallardía; todo esto contrario a Weber, para el cual la razón nos encarcela, encorseta. Así bien, Habermas, el mayor sociólogo vivo en la actualidad y autoridad máxima de la Escuela de Frankfurt, profundiza en la Teoría Crítica, la Acción Comunicativa y la Democracia. Intenciones suyas son la de abordar a la sociedad, desde Marx, con una visión filosófica… y de cereza, aportaciones de Freud. De allí también emblemáticos nombres como Adorno, Marcuse, Benjamin, Horkheimer, entre otros. Pero más que yo trabar la lengua, es preferible oírsela trabar al buen Jügen Habermas.


10/4/10

NOVENA SEMANA

A continuación presentaré las diapositivas armadas para la conferencia magna, realizada a mediados de marzo del corriente, sobre el sociólogo calvo y norteamericano, Talcott Parsons.

















OCTAVA SEMANA

Rescato de un profundísimo letargo, tras los arrumbados guacales rebosantes de memoria, bajo fonda el bajo fondo, una petición de entrada solicitada antes de la resurrección Cristo (de Iztapalapa para el Mundo). Si no mal evoco rezaba así: ‘un obra creativa donde dos o más personajes de intermedien roles sociales’. Desde aquel momento opté por la novela linda, que todos leímos bien púberos, “El Príncipe y El Mendigo”, de Twain. Como escanearlo era labor del ocio apenas lícito para el secretario particular de algún delegado en Jonacatepec, y esto con la dote de un aparatejo tal, busque una adaptación audiovisual. De todas, la más conmovedora en este confluir de ratas impías, es la del Ratón Miguelito. Gócese, pues…