No es necesario alejarse mucho de la cotidianidad nacional para denotar transgresiones en primer y segundo orden. Una muy cercana y enorme fue la que se vivió, masivamente, el año pasado, 2006, después de las elecciones presidenciales. Fue un evento político que terminó siendo un escándalo de pulquería: una arteria de la capital tapada por meses buscando un fin, me parece, era mucho más apegado a un tratamiento institucional serio que a una subversión revoltosa, al cabo gangrenada. Al no tener mayor recurso intelectual para sostenerse López Obrador recurrió, tristemente, a la artimaña opresiva y radical de los ineptos: mejor mal pero vistos que en la negrura del ayer.
No condeno lo sucedió más allá del hecho de indicarlo como una gran trasgresión en segundo orden, que maltrata gravemente y a terceros.
No condeno lo sucedió más allá del hecho de indicarlo como una gran trasgresión en segundo orden, que maltrata gravemente y a terceros.

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