
He allí la sociedad para Simmel: en la charla trunca o verbosa. Más bien en la interacción simbólica, se circunscribe. Los que nos dice qué es el verde o el amarillo, las rayitas o los puntitos, se consigue definir a través del contacto con el otro y, al cabo, se impone por el otro al contacto. Pero aquel valor concedido a lo objetivo, aunque parte de nosotros, también nos liquida: sufrimos, como todo plácido creador, el resultado de lo forjado. Punitivos, manicomios, la lista de nuestra comunidad exige canciones de José Alfredo y hurtos denunciados al calor de la impunidad. Si la víctima acaba con sus victimarios, si a la deriva permanece solo y sólo para no sangrar por el tenso peso de la sociedad; si le desarticulan sus símbolos y queda desolado con palabras-muñón, sin hablante u oído, qué será de él. Conversar es reivindicarnos, quizás; por más o por menos. De las relaciones nace la globalidad. Lo interesante es cómo algo tan artificioso llega a ser la natural doctrina repetida hasta le infinidad. Sin duda para comunicarnos requerimos un canal comprensible para unos y otros… pero antes de esto, antes de la multiplicidad de lenguajes manejados por un sujeto a día de hoy, qué hubo: de dónde viene esa vocación a verbalizarnos, expresarnos-expandirnos, buscarnos no hallándonos fuera.
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Revisado - Segundo ciclo 4 - 08/03/2010
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