15/10/07

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El texto que yo leí, fue el de Leticia Santos: “Territorio Sonoro: Apología del sonido radial”. Lo encontré sumamente exquisito. El planteamiento del continuo oyente: aquél individuo que, más allá de, a voluntad, desprenderse de la vista, del gusto o el olfato, se sabe infatigablemente vulnerable a los sonidos, sumergido en un universo de resonancias perennes que nos hacen cómplices a todos (también con la naturaleza). La sordera es, desde luego, un aislante tajante que priva de cientos de emociones y contactos a los que no son capaces de escuchar, es una soledad silenciosa que no acaba nunca. Así luego, el antojo, arcaico, del humano por reproducir y comunicar por medios auditivos; por quebrar fronteras, llegar más lejos con ese idioma genuino que es el sonido, como la música. Los instrumentos musicales, que vienen de la natura, se idean para armonizar la sensibilidad del hombre, para compartirla. Por los oídos, siempre dispuestos, entra el conocimiento, la templanza, el peligro, la dulzura… cientos de ecos que encuentran su locución, una voz familiarmente autentica pero que requiere replantarse (refrescarse) para no callar, en la radio.

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