1/12/11

ComTec: Entrada siete


He optado por microficcionar... Un día... Una hora... Un segundo... Hoy.



Él lo miró mirando cómo él no miraba miradas. Suela y ojo al suelo, crujían hojas. Miraré miras miradas sin atinar a crujir. Ojo entre suelo y suela. Él no atinará a mirar más... crujió.




Un alfiler se vistió de esmoquin... hasta que el dueño lo encontró.



Bill nunca entendió por qué Sofía se alejó. Después de severos meses de empapar su mostacho vil en un destilado de tristeza (nuevo producto de Casa Pedro Domecq) olvidó quién se había marchado pero recordó haber dejado la puertita de la jaula abierta.



Cuando Isadora preparó el arroz con leche, fruición máxima de su tío, creyó escuchar la voz de su madre recién fallecida. No obstante, provenía de un sitio lejano: como reverberación cruzando un mar de calima. Agudizó el oído. Comenzó, despacio, a comprender una, dos, tres palabras. Sí, era una oración bien construida. ¿Acaso un reclamo? No, más bien un consejo. Había ternura... cuando menos lo suficiente para dudar que se tratara de su madre. ¿Sería la abuela? Improbable: ni siquiera la conoció. Agudizó el oído. Despacio compendió las palabras restantes: no seas tonta, agrega mucha canela.



Un árbol azul y tres guiños bastaron.



En la orquesta, FJH será el mejor violinista; HJF, el peor. Una tarde JFH, flautista del montón, preguntará a FJH si está listo para la sorpresa. Responde que no. Ante la insistencia, prolongada por diez minutos, acepta. Entonces, raudo, JFH le muestra una melodía compuesta por HJF al piano y reinicia la función...




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